27 de septiembre de 2022

Tras la ventana: el vaivén de los tecolines

Jóvenes en Colima

Por: Guillermo Torres López

REPORTAJE ESPECIAL

Ellos, a los que despectivamente llamamos “tecolines” no duermen: se encuentran deambulando en el vaivén de los olvidados por las distintas calles de Colima.  A estos (casi siempre) jóvenes los antecede un perfil poli consumidor: a los 12 años toman alcohol, a los 14 fuman marihuana y a los 17 culminan la cadena de consumo con el “hielo o ICE”.

Todos los que se acercan aquí piden un vaso con agua después, con indecisión, sus rostros construyen una mueca o intento de sonrisa. Con ella alistan el preámbulo para solicitar diez pesos: quieren comprar algo de comer, dicen.

Las siluetas cadavéricas se postran en frente de la ventana grande que da a la calle. Muestran el cuerpo completo. Tras los barrotes de ese ventanal colimote se configuran muchas historias, casi todas dolorosas y  cargadas de instantes que pudieron definirlo todo tan distinto.  La mayoría de ellos arrastran aquella coyuntura de curiosidad envuelta en una magia de aspiraciones. Curiosidad que si no se detiene en ese mismo día, si reincide, se convierte en una mala decisión de juventud. Tan mala que se vuelve eterna y en pocos meses impacta en pómulos resaltados, ojos saltones, labios secos, piel opaca y gris que despide un olor a químicos. Hace estragos en la humanidad de estos hijos, hermanos, primos y padres, que diluyen sus sueños en un cuerpo seco cargado de humo. Ellos, a los que despectivamente llamamos “tecolines”, no duermen, se encuentran deambulando en el vaivén de los olvidados por las calles de Colima. 

Doña Tomasa se quejaba, en aquel lejano año de 1996, de que se perdían los focos de su marquesina en Colima: no sabía por qué desaparecían. Ella no podía estar sin luz afuera de su casa, en la calle, le tenía miedo (en aquel entonces) al chupacabras, pues en las televisoras nacionales una y otra vez  presentaban imágenes de animales muertos, secos, sin sangre –no le fuera a salir en la penumbra– compraba una y otra vez los focos, se desesperaba. Luego en su hogar, se empezaron a perder objetos de valor: jarrones, alhajas, ropa, tenis, cuadros, sábanas, almohadas, colchas, entre otras muchas chucherías.

No entendía doña Tomasa cómo de su cartera se perdía el dinero. Nunca estaba completo, al principio le faltaban de 50 a 100 pesos, luego fueron 200, después 500. La señora Tomasa  llegó a dudar de su memoria, se preocupó de su estado de salud, pensaba que estaba loca, hasta que un día no había nada de dinero en su cartera; por último, ni la cartera halló. Es por ello que recurrió con la vidente Petra antes de ir con el médico, ella le leyó las cartas, le dijo: “El problema está en tu casa, es un hombre joven, que no trabaja, es flojo, casi no come, no duerme, se está poniendo molacho y muy flaco”, y fue así que Doña Tomasa descubrió que su hijo le robaba.

El golpe para Tomasa fue duro, mujer de la ruralidad colimense, ya con 78 años de edad, con una dinámica del campo, comprometida con sus hijos y marido a quien tiempo atrás dejó de echarles bastimento cuando iban a trabajar la tierra. Hoy sus hijos la mayoría se encuentran en los Estados Unidos. La querida abuelita con rostro afable, se enfrentaba en este Colima semi-rural, con un fenómeno urbano, con antecedentes nacionales y una conexión internacional con la ilegalidad. El producto, el tóxico, está al alcance de las manos, a la vuelta de la esquina. 

Las redes del narcotráfico Asia-Pacífico se hicieron evidentes de manera abrupta en el corazón del hogar de Tomasa, quien no estaba preparada para enfrentar un problema de salud pública más allá de la gripe, la calentura y el dolor de panza. Los remedios de Doña Tomasa no surtirían efecto en un cuerpo seco, los antecedentes de los abuelos era con la amapola y la marihuana, no con la metanfetamina, cristal, foco o hielo. Aquí hay una ruptura generacional: “actualmente el mal de los  jóvenes no se quita con fomentos de Vaporub, y los leñazos ya están prohibidos, ni como atizarles para que enderecen”, dice.

A finales de los años ochenta y mediados de los noventa, los Amezcua fueron un parteaguas en el ámbito de la producción de las drogas sintéticas en Colima. Según suscribe en un documento de La Vanguardia.MX –en línea–: “Los Amezcua se concentraron en la producción de metanfetaminas, mientras los otros cárteles se dedicaron al trasiego de cocaína a Estados Unidos”. Ésta determinación de los Amezcua, los colocó en los años noventa, como el Cártel de Colima que configuró una conexión importante de lo local a lo nacional y lo global, ya que subscribe la publicación de La Vanguardia: “Su centro de operación y estructura organizativa estaba en Colima, Guadalajara, Distrito Federal y Tijuana; logrando  un acuerdo con los Arellano Félix para distribuir sus productos a Estados Unidos”.

El mismo documento informó que “los Reyes de la metanfetamina, en 1993 conectaron con la India para obtener proveedores de efedrina, base de las drogas sintéticas. Establecieron en Tailandia una oficina para hacer pedidos, y en 1994 buscaron nuevos proveedores en Holanda y Suiza. Y en 1995 cambiaron a sus proveedores indios por alemanes y checos”.  Hay que resaltar que en “1994 la efedrina se consideró sustancia prohibida”.

Toda esa información desconocía doña Tomasa para comprender el porqué de la constante desaparición de los focos en la marquesina de su casa.


Un problema de Salud Pública:

El Harley, La Pulga, Bryan, Marcel y El Pollo

Salieron a cotorrear, se subieron al auto del profe Roger y se fueron a Manzanillo, fue por la noche del viernes. “Nos compramos unas chelas y nos pusimos a foquear en el auto mientras íbamos por carretera a Manzanillo, lo que pasa es que el profe y la Pulga andaban juntos, él nos compraba el pisto y todo para comer, además nos daba 200 pesos, y nos la pasábamos chido cotorreando”, comenta el Bryan.  

Bryan cuenta que estaba con Harley y la Pulga cuando por primera vez consumió el “hielo” –metanfetamina-, Harley le dijo “que si quería”, Bryan dudó, dice: “Me dio miedo, porque sabía que esa madre me iba a acelerar, me iba a prender, no quería que me diera un paro cardiaco. Pero la Pulga me dijo que no, que eso no pasaría, que al contrario me iba a activar y me sentiría muy chingón”. Entonces Bryan, en un ambiente de camaradería y convivencia con sus amigos, con los que se juntaba a “cotorrear” y la “curiosidad de lo desconocido” la probó, y se dio cuenta que “esa chingadera me mantenía despierto, activo, me hacía sentir fuerte, con mucha energía”, es decir, Bryan se sentía eufórico, intocable, los problemas de haberse separado de su chica y su niña no importaban, se borraba de la mente el problema, el compromiso, la responsabilidad con su pareja, dijo.

Entre sus 15 y 17 años de edad, Harley, Pulga, Bryan y Marcel le entraron a la metanfetamina, se daban sus “pases de hielo con un costo de 100 pesos cada uno”, efecto que les duraría de 3 a 4 horas aproximadamente durante el día. Es por ello que tenían que comprar más, para que el efecto de sentirse “chingones y activos” fuera más duradero. Hoy, después de 4 a 8 años  de consumir el foco o hielo, el impacto ha sido duro e inevitable en la salud de los consumidores de la metanfetamina. Aquellos jóvenes, hoy a sus 23 a 25 años de edad, manifiestan estragos en su salud mental y física. Solo uno, logró sacar una carrera técnica de enfermero, mientras los otros sobreviven a los costos del consumo.

Sobreviven con la factura de una decisión curiosa e ingenua de aquellos jóvenes con sueños nutridos en la Colonia Solidaridad en Villa de Álvarez. Ahí el contexto de pobreza se enmarca en el Programa Nacional de Solidaridad en 1992, del entonces Presidente de la República Carlos Salinas de Gortari, para resarcir las demandas y rezagos de viviendas para las familias de bajo recursos en el país. Es un área local al norte de la ciudad, cercana a 22 hectáreas, que concentró muchos sueños y aspiraciones de los padres colimenses, para darles un hogar, un urgido pie de casa para resguardar a sus hijos. Todo hecho con “Solidaridad”.

En su mayoría, padres de bajos recursos que con esfuerzo físico desempeñan un oficio, como: piseros –pegan piso-, albañiles, herreros, yeseros, bolilleros, taqueros, pintores –de brocha gorda-, repartidores, policías, cargadores, y, en menor medida, pequeños propietarios de tortillerías, verdulerías, tiendas de abarrotes, papelerías, carnicerías, carpinterías entre otras actividades económicas que le dan vida al área y a los 515 hogares aproximadamente del  lugar.

En ese contexto en que los padres y abuelos trabajan y luchan por mantener la estabilidad económica de la familia, creció la primera generación de niños convertidos actualmente en adultos jóvenes a la que pertenecen Harley, La Pulga, Bryan y Marcel. Esta generación se gestó en gran parte de los barrios y colonias de Colima, la fiebre de la metanfetamina, transformando la calle tranquila, en un área común de las redes de relaciones del foco o hielo, en un problema de salud pública donde surge y deambula el “tecolín”, como un fenómeno social que aqueja a los diez municipios del estado, identificados también como “los muertos vivientes”. 

El Harley llegó con su mamá de Monterrey, él le entraba a la metanfetamina por la nariz, “la absorbía”, se hizo amigo de Bryan, Pulga y Marcel, seguido salían a cotorrear, se la pasaban juntos, tomaban resorteras y se iban a pajarear, a pescar a la entonces Laguna de Pastores, andaban en bicicleta, motos, o paseaban en el carro con el profe Roger, “pues él también se estaba iniciando en el consumo del foco, -no estaba maleado–, y ps´ se la pasaba chido con nosotros”. Él les abastecía de chelas y comida, ellos jalaban con el profe, “sin pedos”. Harley se regresó a Monterrey, ya se recibió de enfermero, sus amigos de “Soli” solo lo saludan por Facebook, de vez en cuando, ya casi nunca.

“La Pulga ha estado hospitalizado muchas veces, ha durado hasta un mes o dos entubado, porque casi no puede respirar –no es por Covid–, se convulsiona: ya trae un catéter en el corazón y solo tiene 25 años”. Para su mamá que ya es una anciana es muy difícil atenderlo, pero él no entiende: “es muy ignorante a veces no se cuida y fuma –foco–, y ahí está el problema, porque ya le ha dado un paro cardiaco. Creo que ya se está cuidando, pero si no lo hace, ya no tendrá más oportunidades de vivir, está muy madreado, se ve más grande de lo que es”, comenta uno de sus amigos. 

Marcel es el más grande de los cinco, tiene 27 años de edad: “A él ya se le está quemando el motor, parece que camina en automático, se le ve deambulando por las calles todo el tiempo, está muy flaco, la piel ya la trae obscura, ya no controla la gesticulación de su rostro, la boca se le enchueca, los ojos parece que se le van a salir de su órbita. Yo creo que en cualquier rato se desbiela como los carros, se cruza muy feo con el foco y la mota, de plano tiene que parar, si no dejará de ser tecolín para ser un muerto viviente”.   

El caso del Pollo es grave, física y familiarmente. “Son pobres. Su familia es de 7 u 8 miembros y viven de la pensión federal que le da el gobierno a su abuelo. Como el dinero no alcanza para los gastos del hogar es por ello que él es un famosillo raterillo”. “Todos son locos en la casa del Pollo, solo el abuelo, los papás y los niños no se drogan, todos los demás sí, el problema también es que en su casa se juntan todos los tecolines”.    

El Pollo, a sus 18 años de edad, por consumir metanfetamina, foco o hielo, ha tenido un fuerte problema se salud. “Lo tuvieron que hospitalizar porque sus pulmones se estaban llenando de pus,  le tenían que limpiar con frecuencia sus pulmones, le tienen que ayudar los doctores a respirar,  lo tienen con suero, está muy amarillo, chupado. Pero no entiende, le dieron de alta, y sigue consumiendo esa madre, y lo peor, creo que le dio por vender el activo. Es por eso que intentaron matarlo hace poco, como hace seis meses, dos de una moto lo plomearon, solo le dieron un balazo, creo que fue en una pierna, porque él también traía pistola y se defendió. Le fue más mal al que lo quiso matar, creo que el de la moto está más grave en el hospital. Bueno, esos son los rumores y chismes que hay en la colonia. Parece que el problema está en que hay dos bandos y se están peleando la plaza”, finalizó el informante.      

Bryan se vio en el espejo, observó un rostro demacrado, con los pómulos pronunciados, ojeras, y ojos resaltados. No le gustó lo que vio: “Me dio miedo, mucho miedo, me di cuenta que estaba aislado, que estaba perdiendo todo, estaba alejado de mi mujer, hija y familia, que estaba solo. Y si no hacía algo sé que me iba a morir. Vi a mi alrededor, y me di cuenta que estar encerrado y fumando foco cada día más, perdería toda mi autoestima, me vi y no me gustaba mi aspecto, me di cuenta, porque no lo veía, que estaba delgado, flaco, pantorrillas  pichurrientas y temblaba, ps´ yo me consideraba guapo, carita, porque soy muy vanidoso”, sonríe. “Decidí buscar ayuda, porque sé que solo no podría, tenía que recuperar una dinámica, sé que tenía que comer, que trabajar, que recuperar la confianza de mí y de mi familia. Me di cuenta que me estaba alejando, ya no tenía confianza, ni seguridad, ni ego. Me estaba perdiendo”.

“Mi mente ya no carburaba, ya no retenía recuerdos por mucho tiempo. Las cosas se me estaban olvidando rápido. Pero lo que más miedo me dio, fue ver mi alrededor, vi que varios de los que consideras tus amigos realmente no son tus amigos. Te quieren engranar más, quieren que consumas más junto con ellos. Y cuando vi, que algunos de los que estaban siempre cerca, empezaron a andar como pepenadores o pordioseros, juntando basura, pidiendo en las calles comida o dinero como muertos vivientes me asusté. Yo no quiero andar así, no quiero que se me queme el motor. Y aquí estoy, tratando de recuperar lo perdido, estoy tratando de darle sentido a mi vida, con ganas de vivir, trabajar, reunirme con mi hija y familia, porque ya no convivía con ellos, me alejé, me estaba perdiendo”, dice.


Sin oportunidades, ni institucionalidad: El Money

Las oportunidades son pocas para los jóvenes que nutren las colonias populares del húmedo y caluroso Colima. Pocos son los que terminan una carrera universitaria y logran rebasar las dinámicas ilegales que se ofertan al por mayor y a la par de lo legal en nuestros barrios.

Las deficiencias, incapacidades y omisiones institucionales de los gobiernos municipales, estatal y federal se convierten en un cultivo de oportunidades de toda oferta funcional en lo ilegal. Es común que las autoridades responsables no asuman una corresponsabilidad en contexto de pobreza, donde el ingrediente de una familia disfuncional no garantice la protección y manutención de un niño de 8 o 10 años de edad, que todos los días pide “Un pecho” a los transeúntes, para comprar golosinas, refresco, frituras y todo tipo de pan para comer.

El mote ganado desde la infancia por pedir “un pecho –peso–” se lo asignó el contexto de los conocidos y amigos de “El Money”, que ahora a sus 16 años se encuentra recluido en un albergue, para ser desintoxicado de la metanfetamina que ahora le exige su cuerpo.  

El Money nació sin oportunidad, le robaron la infancia un padre y una madre irresponsables. El cultivo de la calentura, la ignorancia y los tersos cuerpos jóvenes no culminaron en la acostada: “el galán y la buenona” del barrio no pensaron en el día de mañana. “Les ganó la verija, les valió madre la cogida, y así terminan cagando queresas, trayendo inocentes al mundo a puro sufrir”… exclama molesta la señora Elisa.

Cuando nació El Money, su madre lo dejó con su abuela materna, porque ella se tendría que ir a vivir con otro hombre y formar otra familia. Y así, con los negativos a cuestas y la ligereza de la conveniencia al omitir responsabilidades, El Money, sin saberlo, nació debiéndole a la vida. Nació en una colonia echa con Solidaridad, con varios puntos de venta o picaderos, con un estrecho vínculo de los muchachos a la dinámica de Danza (conocido antro de ambiente), donde se bailan las penas y se logran las chelas con los cuerpos frescos y dispuestos: qué más da “es puro cotorreo” dicen. 

El Money tiene problemas de habla, le faltó instrucción en el hogar, su abuela hace lo que puede, ya está muy grande, se preocupa por él, porque seguido se le desaparece, no llega en un día, cinco, 15 y hasta un mes, es más, se fue de puro aventón a Guadalajara; lo busca, no sabe dónde está, la anciana reza y le pide a Dios que esté bien. Antes lo buscaba con los vecinos, en las calles y en la colonia, hoy ya no lo busca, solo pregunta a las personas que pasan en frente de su casa: ¿Lo han visto?,  ya se acostumbró. Reza.

El Money cuando tenía de 8 a 12 años se juntaba con tres o cuatro niños más de su edad, caminaban todos los días por las colonias de Villa Izcalli y  Solidaridad, pedían dinero a las personas que pasaban por la avenida principal, junto al jardín, el templo, las verdulerías o afuera de los Kioskos u Oxxos localizados en el lugar. En esa época el Money y sus amigos de vez en vez robaban, se metían a los comercios a hurtar, es por ello que seguido se les veía invitando muchas golosinas, refrescos, pan y frituras entre la “gallada” donde se juntaban.

El Money intentó un tiempo entrar a la escuela, decía que “traía un secretario” al que todo le mandaba, tenía una novia, y se veía muy formal con su uniforme de la escuela primaria, es más, se parecía al ex presidente Enrique Peña Nieto por su peinado y seriedad. El Money intentó estudiar, pero requería una educación especial, ya que su deficiencia del habla es por desconocer muchas palabras, la ausencia de una instrucción constante en el hogar, y la falta de un proceso de educación básica lo dejó en la periferia, estaba fuera, en una dinámica de los recovecos de la normalidad.

Él sobrevivía, tenía que comer, tenía que estar, procuraba ser normal, pero nadie se ocupó de él, y aquí está, tomando decisiones al margen de la legalidad, dinámicas establecidas por la normalizada ilegalidad en su barrio y colonia, sino entonces El Money, no estaría albergado tratando de ser normal. Es tal el olvido, el vacío y la soledad afectiva e institucional que cubre el manto de Money, que dos de sus amigos de la colonia Solidaridad tuvieron que firmar como responsiva para poderlo albergar y visitar.

Y ahí está encerrado, en espera de un ideal que no aplica, encarnando a su corta edad una sentencia incierta por las políticas públicas rebasadas. Ni que hablar del crimen o del narco al que admira, le guiñe, al parecer la ruta la ve como posibilidad. Si la escuela no le da poder el arma sí, sin duda, se observa y se refleja en su Facebook.  “Pobre Money, que mal pedo, que pena, pobre” se escucha en los compitas, y se van, lo dejan solo, como todos. 

El Money ya salió del albergue: “no le entro al foco pero si fumo mota”. A sus 16 años continúa sobreviviendo en las calles, duerme en la casa de su abuela, sueña con tener un buen carro, una casa y mucho dinero, se siente solo, está enojado con su hermano mayor porque dice que lo culpa de que al nacer sus papás se separaron, “me, me culpa a mí, me dijo que eran felices antes de que yo naciera” –dice-, “por eso no le hablo, me cae gordo”.

Money trae un sentimiento de culpa a cuestas, solo recuerda que su mamá lo dejó de niño con su abuelita, busca el rumbo, quiere superarse pero no tiene de dónde agarrarse, los amigos lo bromean, muchos se burlan de él, muy pocos de vez en vez le ofertan un taco, un techo y un buen rato. La calle: su difícil travesía; la marihuana: su resguardo.           


El que ya no está: El Papayo

Otros ya no están, se les pasó la mano, a sus 17 y 22 años “se creen intocables” –comenta el informante-, “se dedicó a robar, desapareció, se metió con las personas equivocadas”.

Al Papayo su madre lo sigue buscando, dejó a una niña de 2 años y a su joven esposa: “Era grosero con su abuela y su mamá, les gritaba, les robaba el dinero. Llegaba a la casa con una actitud arrogante, fiera, y aunque su delgadez lo delataba como débil en realidad estaba fuerte, su cuerpo era correoso, su actitud retadora, imponía con ese rostro duro y ojeroso, daba miedo”.

El salió de su casa y ya nunca regresó, sus compañeros de ronda creen que pudo ser uno de los encontrados en una de las fosas clandestinas, no saben, suponen, porque siempre andan en las calles y los rumores se multiplican con mucha imprecisión. Pero como no le ven, “creemos que está muerto, pues su mamá lo sigue buscando y nada se sabe de él”.

“El Papayo se engranó con el foco, le encantaba. Casi no le gustaba tomar, más bien foqueaba, le gustaban un chingo las motos, traía siempre su pantalón de mezclilla, camiseta resacada blanca y unos tenis Vans. Le gustaba la pesca y la caza”, pero ya no está. Él es uno de los más de 1700 desaparecidos en Colima, en lo que va hasta el mes de diciembre de 2021, dato tomado de la publicación de la Red de Desaparecidos en Colima. A.C. el día 11 de diciembre.   

“Era famaralloso, en su carro le gustaba traer la música en lo más alto, de repente arrancaba a toda velocidad, le gustaba que el motor rugiera, se sentía chingón…” su mamá pregunta por él, lo sigue buscando.


Perfil poli consumidor del joven: Mtro. Oscar Mireles Pérez

El director del Centro de Integración Juvenil Colima,  el maestro Oscar Mireles Pérez, especialista en adicciones, nos comparte  en entrevista exclusiva el perfil poli consumidor del joven, que es funcional, estudian hasta la secundaria y son solteros. Para poder comprender  la complicada situación del porqué los jóvenes consumen anfetamina, ICE, hielo o foco como se les conoce popularmente. El maestro en Psicología esboza a partir de su experiencia empírica,  académica y laboral, una serie de factores sociales, económicos y familiares, los que propician un contexto local de consumidores jóvenes en Colima, que va a la alza con mujeres y hombres cada vez con un rango menor de edad a los 14 años. Y en este reportaje sus argumentos se aplican en los perfiles del Money, el Brian y el Pollo.  

“Desde mi experiencia el usuario de drogas carece de un entorno familiar de crianza positiva. Cuál es el perfil que yo hago desde el CIJ Colima, (Centro de Integración Juvenil Colima). Normalmente el consumidor de metanfetamina, es una persona que nació y no fue deseada. Son padres porque tuvieron sexo, este niño no tiene un proyecto de vida. Es su hijo y se le mantiene vivo,  tuvo problemas de crianza, tuvo problemas de apego, tuvo problemas de afectos, tuvo problemas económicos para poder vivir y sobreviven, se mantienen.

Cuando llega a la edad escolar tiene problemas de atención, hiperactividad y aprendizaje, cuando llega a la lecto escritura no aprende a leer, no aprende a escribir, arrastra durante toda su primaria todos estos problemas. Es pasado de grado, es pasado, es pasado, pero no aprende. Llega a la secundaria con un analfabetismo funcional, trabaja, sabe hacer algunas cuentas, sabe medio leer, sabe medio escribir, pero no es funcional.

No hay autoridad, padre ausente, padre que trabaja, que es consumidor. Madre que trabaja, que ama al sujeto pero que no lo sabe criar, que no lo puede criar, que no lo ha sabido criar. Entonces llega a la secundaria se hace un hombre joven de 12 o 13 años y consume alcohol, tabaco, o tabaco alcohol y posiblemente marihuana, eso está entre los 12 y 14 años. A los 14 años consume mariguana y obtiene cosas que nunca había conocido, esta tranquilidad, estabilidad cool, está bien, entonces ante la falta de un proyecto de vida escolar laboral, el grupo de pares manda –sus amigos o compañeros-, y si está en un grupo de colonia conflictiva, y a su vez está conflictuada económica y socialmente, con  consumo de alcohol y drogas, con posible delincuencia organizada alrededor de su comunidad. Pues esas condiciones son un proceso normal que él desarrolla en ese estilo de vida. Entonces de los 14 a los 17 años, él consume y establece un problema de salud con el alcohol y la marihuana.

A los 17 aproximadamente conoce el ice o hielo, y todavía cada vez más, cada vez más jóvenes. Entonces conoce el ICE –metanfetamina– y se enrola, y así deja el alcohol, deja la marihuana, deja el tabaco, y eso provoca un problema de salud, un problema familiar, un problema de seguridad y un problema social. Y es un problema que se desarrolla lento, lento, que inicia como a los 7 u 8 años de edad y que termina a los 14-17, no es una cosa que nunca lo vi y luego apareció. Eso es una hermosa justificación de que el padre o la madre dicen no lo vi, y que hoy se presentó. Y que el profesor de primaria te lo dijo, la profesora de secundaria te lo dijo, la organización de padres de familia te lo dijo, los familiares te lo dijeron y los vecinos también. Y el problema está en que no existe normalmente un proyecto de familia por parte del padre o la madre, normalmente se carece de un plan familiar, de un proyecto de vida en familia, no existe normalmente en estos casos del consumo de la metanfetamina.

El usuario de metanfetamina que asiste al Centro de Integración Juvenil, es normalmente un sujeto que no tiene educación, no tiene un oficio, no tiene un proyecto de vida, no tiene dinero, y se está involucrando a la siguiente generación, está teniendo una activa vida sexual, posiblemente ya tenga hijos, una pareja o parejas, y tiene una vida totalmente amplia y desordenada que le vuelve a repetir los ciclos, y vuelve a volver a repetir los errores de los padres y tiene todavía otra generación con las mismas características. 23 años de experiencias me dicen que este ciclo así es, ya que es información que manejamos con los mismos padres de familia, los usuarios y la propia comunidad”,  nos comparte el psicólogo, con una maestría en el conocimiento de las adicciones, el Director del Centro de Integración Colima, Oscar Mireles Pérez.


Recomendación a familiares  

El Centro de Integración Juvenil tiene su proyecto de atención de servicios en 3 ramas: prevención, movilización comunitaria y tratamiento. En el caso del tratamiento la institución tiene desde 1991 el servicio, atendiendo a más 9700 pacientes que se han atendido junto con el acompañamiento de sus familias.

En las instalaciones del (CIJ) Colima, ubicado en la Ciudad de Villa de Álvarez por la calle Estado de México 172, colonia Alta Villa, por el área trasera de CIAPACOV, cuentan con un equipo profesional de 7 personas: 3 psicólogos, 3 trabajadores sociales y un médico, para poder atender de manera global el problema –aquí se deja el número de teléfono de oficina para su atención 3123115344-. Ofrecen el seguimiento de un tratamiento ante el uso y abuso de consumo del sujeto, y si tiene una condición de dependencia, se le sugiere acudir a un proceso de rehabilitación.  Y si no acude a una dependencia a darle seguimiento, de todas maneras se le atiende para que acepte el internamiento.

Es importante que los familiares identifiquen los centros de rehabilitación que cuenten con la “Norma 028”, ya que son los que el Centro de Integración Juvenil (CIJ) ofrece junto con la Secretaría de Salud, los cuales se localizan uno en Villa de Álvarez, otro en (CIJ) Tecomán y uno más en (CIJ) Manzanillo.

Hay un censo de los lugares que ofrecen servicio de internamiento, los que están aprobados, los que están en proceso de ser aprobados y solo los que están censados. El (CIJ) recomienda que los familiares “alberguen” al sujeto, en las instituciones que están reglamentadas por la ley que son los del Centro Juvenil y los de la Secretaría de Salud. Pero si el usuario no quiere, normalmente el familiar lo lleva a un lugar privado, eso ya es una decisión particular-familiar. 

Es urgente una estrategia y mecanismo de transición, que garantice a los jóvenes de 12 a 17 años, una dinámica al margen del riesgo en el consumo de alcohol y enervantes. En un contexto familiar y de fiesta, Omar aceptó a sus 14 años de edad una probada de “hielo”, estaba bailando, se divertía en los 15 años de su prima Katy, y ahí, entre brincos, risas y el “cotorreo” sano llegó la invitación, otro joven de 16 años le dio “foco” para que se sintiera hombre, él lo aceptó –era parte de la fiesta-.

Y ahí al alcance de sus manos, en un entorno familiar, de convivencia sana, a Omar le llegó la oferta de un rostro casi infantil, el de Pedro, y le cambió la vida. A sus casi 15 años Omar terminó la secundaria, era futbolista seleccionado en los cuadros juveniles del Club Deportivo Villa de Álvarez. Hoy a sus 19 años el joven Omar se lamenta, de ser un futbolista exitoso, con grandes sueños, está engranado, ha entrado una y otra vez a rehabilitación, van 7 intentos, pero no lo ha logrado. Ya no estudia, se salió del tercer semestre de un bachillerato universitario.


Deambulando en el vaivén de los olvidados 

La tormenta cae, “Enrique” trae entre sus vientos a un muerto viviente, susurra titiritando de frío: “Mi mamá murió, mi papá también, tengo hambre, deme algo de comer” y se postra tras la ventana colimota. Memín, perro de once  años hijo de madre chihuahueña y padre tlacuache –nunca se supo cuál fue la cruza-, se retira de la parte inferior de la ventana ante la presencia del joven “tecolín”. Tomo un pan y lleno un vaso de plástico con leche: se lo doy. Mojado, con sus harapos mal olientes, se retira de esa ventana que permite observar el flujo y vaivén de los vencidos, de aquellos que se funden y desvanecen poco a poco en el humo de un foco en Colima. “Se les desviela el motor” se pierden en sus miserias, susurran y caminan con su cadavérica humanidad, poco a poco se pierden a la distancia, pareciera que no los vemos, nadie los ve, se duermen en las banquetas, en los parques, en un rincón, en la intemperie de la gobernanza, en la impotencia u omisión familiar.

Los Tecolines no duermen, se encuentran deambulando en el vaivén de los olvidados por las calles de Colima. Traen a cuestas muchas limitantes, charlas y dinámicas pendientes con sus padres. Se agrupan con sus pares, se les ve sucios, susurran con sus miedos, hablan con sus personajes y realidad alterna, caminan descalzos, semidesnudos, de vez en vez y los menos tiran un trancazo de paso, al aire.

Imágenes cortesía de Edson Zenteno.

En esa ventana colimota deambulan los jóvenes negados, algunas mujeres asoman sus pechos sin saberlo –están en otro plano–, otros agotados por un cuerpo carcomido no aceptan aún su cruda realidad, aunque sus pieles despiden olor a químicos, los culpables son otros, los hermanos, la madre el padre, es posible, tal vez no, hay que ubicar y conocer cada caso. “Ellos”, cuando no distinguen su responsabilidad, asumen una vida alterna al margen de la funcionalidad, y muchos de los padres sin saberlo, exigen que tomen las riendas de su propia vida, pero ellos ya no pueden, necesitan el apoyo médico y psicológico, además del esfuerzo y pesada responsabilidad familiar.

Cuando la familia sucumbe, porque no sabe qué hacer con un miembro que “se le está quemando el motor”, entonces la mujer u hombre joven toma las calles, deambula, se instala en áreas comunes y públicas, donde hay un flujo de gente que los ve, que se compadecen pero no sabe qué hacer con ellos. Bueno, les comparte un taco, les da un poco de dinero –diez pesos–, ahí nos sacudimos la culpa –pobrecitos–, o nos enoja, pero ahí continúan en el vaivén de un deficiente, histórico y caduco sistema gubernamental local, que no construye un programa real de asistencia, de rehabilitación y de reinserción a lo funcional.

Ellos, a los que despectivamente llamamos “tecolines”, no duermen, se encuentran deambulando en el vaivén de los olvidados por las calles de Colima. Deseamos pues, que en esta “nueva Colima” que se configura coyuntural, se rebase el histórico abandono institucional.

Aspiramos a que termine el vaivén de los olvidados tras las ventanas colimotas.

Investigación y fotografías: Guillermo Torres López

Diseño de imagen: Edwin Rolón

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